Por - Publicado el 19-06-2017

En la reciente ruptura del Frente Amplio entre Tierra y Libertad y Nuevo Perú me ha llamado la atención cómo se han venido manejando los números para evaluar el peso político de cada sector. El historiador Nelson Manrique repetía este argumento:

Militantes de TyL alegan que sus votos lograron esta representación parlamentaria, lo cual es absurdo: su líder, Marco Arana obtuvo en Cajamarca –la región donde mayor respaldo tiene– 8,500 votos, muy por debajo de los candidatos de la agrupación de Gregorio Santos, cuyos 5 primeros candidatos obtuvieron 20 mil votos y más cada uno. Arana llegó a parlamentario imponiéndose por 53 votos de diferencia sobre otro militante de su propia organización, que aún sigue alegando que le robaron la elección en mesa. Mientras tanto, Verónica Mendoza obtuvo cerca de 3 millones de votos. Sobran comentarios.
Edición Impresa del 13 de Junio de 2017
Vientos de ruptura en la izquierda

Y terminaba su intervención con esta frase:

Admiro el coraje de Marisa, su honradez, su capacidad política y su coherencia personal. No está de más recordar que es la congresista más votada de la izquierda.

(Las negritas son mías).

Es decir, hacía una comparación de papas con camotes: comparaba una votación congresal en una región de 800 mil votos emitidos con una votación presidencial nacional con casi 19 millones de votos emitidos. Una comparación que no es válida para nada, a pesar de que para él “sobran comentarios”.

Y más aún, establecía a una congresista de la región más poblada del Perú como “la más votada de la izquierda”.

Pero el asunto no queda ahí. Luego leo un comunicado de Nuevo Perú – Cusco con esta frase:

Los congresistas del Movimiento Nuevo Perú, tuvieron el 70% de votos del Frente Amplio, por lo que representan a un sector importante de la población. No se puede ignorar que ello ha sido posible en gran medida por el liderazgo de Verónika Mendoza

Es decir, una vez más se hace una suma de votos que pasa por alto el mayor peso demográfico de Lima en el Perú. Fácilmente, un/a congresista por Lima con un bajo porcentaje de votación puede ser “la más votada de la izquierda” y el grupo que tenga más presencia en Lima puede ser el que tenga la mayor parte de los votos de una bancada, como efectivamente está ocurriendo.

Y lo que me preocupa de este criterio claramente centralista es que proviene de una base cusqueña.

Como los ánimos en este sector de la izquierda están caldeados, todo vale, pero cuidado, que los criterios centralistas quedarán sembrados ahí, cuando las broncas hayan pasado. Entonces ese mismo criterio, centralista, discriminador y excluyente será el que prevalezca.

A continuación tenemos a los congresistas de la bancada del Frente Amplio según grupo político, región y votación personal:

Congresistas1

En base a esta información establecemos primero la distribución de la votación regional de los congresistas electos del Frente Amplio y la juntamos con el porcentaje de votación del Frente Amplio en cada región:

Congresistas2

Obtenemos un primer gráfico en que se aprecia el 37% de votación limeña y el 19% de votación puneña del Frente Amplio, seguida de un 9% de votación arequipeña y un 9% de votación cusqueña:

Congresistas3

Ahora vemos las regiones de mayor a menor votación porcentual del Frente Amplio:

Congresistas4

El porcentaje de votación es mayor en Ayacucho, Apurímac, Huancavelica, Tacna, y Puno en quinto lugar. El porcentaje de votación cajamarquina es el más bajo con 8.15%, y el de Lima Metropolitana es el segundo más bajo con 9.65%.

Vemos pues que la votación en Lima para el Frente Amplio fue baja, ligeramente por encima de la votación de Cajamarca. Pero claro, como Lima tiene una mucho mayor población electoral, según las métricas absolutas que se usan en algunos discursos, se crea la apariencia de que tiene una votación mucho mayor.

Veamos ahora la votación según grupo político, Tierra y Libertad y Nuevo Perú.

Efectivamente los congresistas de Nuevo Perú suman una votación que representa el 70% de la votación del Frente Amplio:

Congresistas5

Esto es así porque tienen a tres congresistas de una región muy poblada como Lima, que representa el 53% de ese porcentaje. Y en general su voto está muy concentrado en Lima y Puno que en total es más del 75% del voto de Nuevo Perú.

Congresistas7

Tierra y Libertad no tiene congresistas por Lima y su sector tiene un patrón de votación más descentralizado en el país:

Congresistas6

¿Da para decir que una congresista por Lima es “la más votada de la izquierda” cuando Lima es la región más poblada y la votación porcentual de esa región es la segunda más baja entre las regiones de la bancada?

Al final el poder de Lima se convertiría en un poder político sobre otras regiones sólo porque Lima es una región más poblada. Un sector político pequeño pero basado en Lima puede dominar a otros sectores políticos relativamente grandes en sus regiones. Bajo la apariencia de una disputa política se ratificarían esquemas de dominación centralistas.

En conclusión, habría que tener cuidado con usar los números a la ligera, haciendo comparaciones que no proceden, votaciones presidenciales nacionales con votaciones congresales regionales, y en general comparaciones entre regiones de diferente población en que una persona sale más votada no porque sea necesariamente más popular, sino simplemente porque hay más votantes posibles. En el caso del Perú algunas comparaciones además de ser falaces tienen el efecto de reforzar los prejuicios centralistas, discriminadores y excluyentes. Cuidado con ellas.

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Por - Publicado el 25-09-2016

Por Jorge Rendón Vásquez

La Segunda Sala de Derecho Constitucional y Social Transitoria de la Corte Suprema, integrada por cinco vocales provisionales (colocados allí sin concurso) les ha dado el gusto. Los jerarcas de los empresarios y sus inefables asesores deben de haberlo celebrado ñatos de risa y libando hasta el amanecer luego de haber leído la sentencia.

Analicémosla (Casación Laboral nº 00489-2015, Lima 7/6/2016. Las citas son de la sentencia.).

El demandante, un trabajador, pretendía “el reintegro de sus remuneraciones y su incidencia en el pago de gratificaciones y compensación por tiempo de servicios por el período de marzo de dos mil a diciembre de dos mil tres […] habiendo recién el demandante reclamado por la supuesta disminución de sus remuneración luego de que la demandada cursó la carta de cese por límite de edad de fecha doce de setiembre de dos mil doce”. Esta pretendida omisión de reclamar determinó al juez de primera instancia a declarar infundada la demanda. En la sentencia suprema se valida esta afirmación al decir: “la parte demandante no ha acreditado en su oportunidad la referida disminución de remuneración” (9º considerando). Por consiguiente, ni para el juez de primera instancia ni para la Sala suprema existe la Ley 27321, vigente desde el 23/7/2000, que dispone “Las acciones por derechos derivados de la relación laboral prescriben a los 4 años, contados desde el día siguiente en que se extingue el vínculo laboral.” Más todavía: para la Sala suprema se trata de “una supuesta disminución de su remuneración”, o sea que nunca sucedió. ¿Por qué entonces tuvo que justificarla?

La sentencia de segunda instancia declaró fundada la demanda, basándose en que el trabajador no había aceptado documentalmente la reducción de su remuneración, en aplicación de la Ley 9463.

La Sala suprema se lanzó a replicar este argumento con la especiosa articulación siguiente:

“Debe precisarse que la posibilidad de la reducción de las remuneraciones se encuentra regulada en nuestro ordenamiento jurídico, y esta puede ser consensuada o no consensuada. a) Será consensuada si es realizada de manera voluntaria, es decir, si existe un acuerdo libre, espontáneo, expreso y motivado entre el trabajador y el empleador, tal como se regula en la Ley Nº 9463. b) Será no consensuada si es adoptada por decisión unilateral del empleador, es decir, sin aceptación previa del trabajador. Esta posibilidad resulta de la interpretación en contrario del inciso b) artículo 30º del Decreto Supremo Nº 003- 97-TR y del artículo 49º del Decreto Supremo 001-96-TR, que consideran que la reducción inmotivada de la remuneración es un acto de hostilidad equiparable al despido si es dispuesta por decisión unilateral del empleador y sin causa objetiva o legal. En tal sentido, esta decisión resultará viable si se expresa los motivos por los que así se procede” (10º considerando).

Lo novedoso en esta afirmación de la Sala suprema es la creación de una reducción no consensuada de la remuneración. Pero es errónea: 1) porque el contrato de trabajo, como todos los contratos, “se perfecciona por el consentimiento de las partes” (Código Civil, art. 1352º); y porque la libertad contractual está garantizada por la Constitución del Estado: “Toda persona tiene derecho: 14. A contratar con fines lícitos, siempre que no se contravenga leyes de orden público.” (art. 2º). Son leyes de orden público las de protección de los trabajadores. La Constitución dispone además que “La libertad de contratar garantiza que las partes pueden pactar válidamente según las normas vigentes al tiempo del contrato. Los términos contractuales no pueden ser modificados por leyes u otras disposiciones de cualquier clase.” (art. 62º). En consecuencia, si ninguna ley puede autorizar la modificación de los términos contractuales, es obvio que el Texto Único Ordenado por el Decreto Supremo 003-67-TR no puede conferir esa autorización, y, en rigor, no la confiere. El artículo 30º de este texto, invocado por la Sala suprema, dice: Son actos de hostilidad equiparables al despido los siguientes: La reducción inmotivada de la remuneración o de la categoría.” ¿Que quiere decir reducción inmotivada? Una reducción sin causa. Pero esta causa, como en todos los contratos, sólo puede ser consensual. La ley no puede ordenarla, ni facultar a las partes contratantes a imponerla. Imaginemos que en un contrato de venta, locación, crédito, etc. se facultara a una de las partes a reducir el precio pactado. Sólo pensarlo sería absurdo. Además, el artículo 30º del Texto Único Ordenado citado, al hacer a la reducción inmotivada de la remuneración un acto equiparable al despido, lo considera un hecho prohibido para el empleador, prohibición que implica también la de reducir la remuneración y la categoría. Y, si la prohibe, no es posible inferir, contrario sensu, que la autorice; con mayor razón porque las facultades y las obligaciones, por su importancia, deben ser definidos explícita y claramente por la ley, siempre y cuando la Constitución lo permita. En la relación de trabajo no lo permite: “Ninguna relación laboral puede limitar el ejercicio de los derechos constitucionales” (art. 23º).

Los vocales provisionales de la Sala suprema autores de la sentencia legicida no podían ignorar los artículos 51º y 138º de la Constitución que declaran la prevalencia de esta sobre toda norma legal y la obligación de los jueces de preferir la primera. Tampoco podían desconocer que “En la relación laboral se respetan (el) carácter irrenunciable de los derechos reconocidos por la Constitución y la ley” y que debe haber una “Interpretación favorable al trabajador en caso de duda insalvable sobre el sentido de una norma.” (Constitución, art. 26º). El demandante no sólo no había renunciado al íntegro de su remuneración, sino que la reclamaba; y en el artículo 30º del Texto Único Ordenado en mención no hay duda insalvable, puesto que esta claro que no crea para el empleador el derecho de reducir la remuneración.

La sentencia comentada, que execra a sus autores sin atenuantes, es, por lo tanto, nula.

Ya algunas organizaciones sindicales se están movilizando contra ella. Aunque para evitar la protesta, un juez supremo ha salido a decir que esa sentencia no es vinculante, es decir que se aplica solo al caso juzgado, lo cierto es que, como pronunciamiento judicial de la más elevada instancia, estimulará a otros empresarios a utilizarla, pese a su inconstitucionalidad, pues para eso ha sido dada .

La pelota ha pasado al campo de los trabajadores en un partido más importante y grave que el de la Ley Pulpín.

(25/9/2016)

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Por - Publicado el 02-06-2016

Por Jorge Rendón Vásquez

Y pasó lo que los opositores al gobierno de Nicolás Maduro querían: el 31 de mayo el uruguayo Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos, anunció que convocaría al consejo permanente de esta entidad para “realizar una apreciación colectiva de la situación (en Venezuela) y adoptar las decisiones que estime convenientes”, aplicando el artículo 20º de la Carta Democrática Interamericana de la OEA.

Se saltó a la garrocha el primer párrafo de este artículo que dice que esa medida podría ser adoptada “En caso de que en un Estado Miembro se produzca una alteración del orden constitucional que afecte gravemente su orden democrático”. No le interesó para nada que en Venezuela los poderes del Estado, elegidos o designados como la Constitución dispone funcionan regularmente, aunque haya discrepancias de opinión entre ellos y que, por lo tanto, no hay “una alteración del orden constitucional”.

Tampoco se han dado los casos de Honduras, cuando sacaron a Zelaya en junio de 2009, ni de la propia Venezuela cuando los mismos grupos que ahora dominan su Poder Legislativo apresaron al presidente constitucional Hugo Chávez en abril de 2002 y pusieron en su lugar al jefe de los empresarios Pedro Carmona, casos ante los cuales la OEA nada pudo hacer.

La actitud de Almagro revela que se siente como el capitan de un barco al que temerariamente lanza a la aventura en plena tormenta. Lo real es, sin embargo, que navega contra una tormenta de escenario fílmico en una cacerola, probablemente de esas que ciertas pitucas golpean en las calles.

Porque ¿qué puede hacer el Consejo Permanente de la OEA si condena sin pruebas fehacientes al gobierno de Maduro, como sería la intención de varios gobiernos de derecha que lo han puesto en el índex de los chicos malos? Respuesta: realizar “gestiones diplomáticas” y, si ellas no le dan resultado, llamar a la asamblea general de la OEA para que considere la suspensión de Venezuela como miembro, conforme dispone el artículo 20º de la Carta Interamericana Democrática. En otros términos, amonestarlo, con algunos improperios entre paréntesis, y, en el límite, excluirlo de los bailes al interior de un club privado.

Y nada más.

Porque la Carta Democrática Intermericana no estipula otras sanciones. Y, sobre todo, porque el artículo 19º de la Carta de la OEA, que es el documento constitutivo de esta organización, dispone que “Ningún Estado o grupo de Estados tiene derecho de intervenir, directa o indirectamente, y sea cual fuere el motivo, en los asuntos internos o externos de cualquier otro. El principio anterior excluye no solamente la fuerza armada, sino también cualquier otra forma de injerencia o de tendencia atentatoria de la personalidad del Estado, de los elementos políticos, económicos y culturales que lo constituyen.”

La derecha venezolana, integrada por las huestes de los partidos Adeco y Copei y cierto número de empresarios sin partido, no lo ignoran. Pero, han echado a andar un operativo de propaganda internacional tras fracasar en el uso de la institucionalidad interna a la cual se sometieron para llegar al parlamento.

El pueblo venezolano sufre ahora las consecuencias de la caída del precio del petróleo que sustenta la mayor parte de su presupuesto público y es su principal fuente de divisas. En la década pasada el petróleo alcanzó más de 100 dólares el barril. Luego ese precio descendió hasta llegar a menos de 30. Ahora está a unos 49 dólares. Pero aún es poco para Venezuela. Por lo tanto, hay escasez de los bienes que se compran con los ingresos del petróleo, agravada por el boicot en la producción interna de bienes llevada a cabo por ciertos empresarios. Y esto es una tragedia para un país dependiente de la monoproducción, que no ha tenido tiempo de alcanzar una diversificación adecuada de su economía con los gobiernos de Chávez y Maduro. Es una emergencia frente a la cual todos los venezolanos debieran unirse como si estuvieran en guerra. A la derecha, sin embargo, le importa menos que un comino la suerte del pueblo. Tiene recursos para pasarla bien mientras la mayor parte vive agobiada por la escasez, unida al acaparamiento y la especulación practicados con celo ejemplar por muchos de los que hoy atacan a tiempo completo al gobierno de Maduro. La mayoría en el parlamento le sirve a la derecha para tratar de derrocarlo, en lugar de usar su poder para contribuir a superar la crisis económica. Y si llegara a tumbarlo no podría sobreponerse a la escasez cuya causa no es política ni depende de Maduro, sino del petróleo.

Tampoco a Luis Almagro le inquieta la crisis del petróleo. De repente su corazoncito derechista resolvió salir del armario y tratar de añadir a la OEA al cargamontón contra el gobierno de Maduro.

Cuando lo eligieron secretario general de la OEA muchos creyeron que por haber sido canciller de un gobierno progresista daría la talla de un diplomático ecuánime y confiable. Su connivencia con la derecha venezolana lleva a suponer que podría haber descubierto su vocación de pieza de ajedrez.

(2/6/2016)

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Por - Publicado el 23-05-2016

Por Jorge Rendón Vásquez

Muchos vieron el debate televisado de los dos candidatos a la presidencia de la República, organizado por el Jurado Nacional de Elecciones (noche del 22/5/2016).

¿Pudo la mayoría que desconocía sus propuestas básicas enterarse de ellas al escucharlos, por lo menos a grandes rasgos?

Parece evidente que no.

Primero, porque es materialmente imposible que en solo tres minutos por tema un expositor pueda hacer conocer sus proyectos sobre lo que podría hacer desde la presidencia de la República. Tres minutos alcanzan apenas para una presentación somera de un punto de los muchos que comprenden cada tema, cuyo contenido es de por sí complejo y vasto.

Y, segundo, porque la capacidad de entendimiento de la mayor parte de electores de las cuestiones tan especializadas del gobierno es casi nula. En las aulas universitarias, los alumnos retienen no más de un 5% de la exposición del profesor si sólo la escuchan; si toman notas su retención puede ir de un 10% a un 20%. Y estos oyentes, de un nivel superior, están allí para entender lo que se les enseña.

Por lo tanto, el debate entre los dos candidatos fue más un show mediático complementado con los comentarios de algunos personajes y periodistas convocados para cumplir esta función.

Para los entendidos, Keiko Fujimori perdió: porque leyó un discurso que le prepararon otros y que ella probablemente no es capaz de redactar; porque se dedicó a mentir sobre el otro candidato; y porque se perdió en generalidades. Pedro Pablo Kuczynski estuvo más versado y aplomado, trasuntando conocimiento y experiencia.

En un comento sobre el debate entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori para la segunda vuelta de 2011 dije:

La impresión de los teleespectadores sobre este debate (29/5/2011) se configura por su nivel cultural, grado de comprensión de las exposiciones, madurez intelectual y hábito de ver televisión, además de otros factores de menor incidencia. Para los espíritus livianos acostumbrados a las telenovelas vacuas, talkshows escandalosos, noticias escabrosas y chismes de la “alta” sociedad, si es que pudieron aguantar la hora y media del programa, es posible que los rasgos relevantes hayan sido la manera de vestirse de los candidatos, su sonrisa y ciertas frases que atrajeron su atención.

[…]

Los opinólogos mercenarios, convocados para el comentario del debate, valoraron más la impresión del primer grupo de televidentes. Para eso los habían contratado, como una fase del plan de la derecha

[…]

En síntesis, lo que dijo (Ollanta Humala cuando prometía el oro y el moro) fue que promoverá el crecimiento de la riqueza nacional con inclusión social, lo que significa que esa riqueza deberá ir también a los trabajadores que la producen, a los sectores de la población de menores ingresos y a los que nada tienen, para desterrar definitivamente el estado de necesidad y la pobreza. […] Es insultante para las mayorías populares la multiplicación de edificios de departamentos al alcance sólo de quienes tienen los ciento cincuenta mil dólares o más que cuestan, el pantagruélico consumo de las clases ricas y medias en los restaurantes de lujo, los supermercados exclusivos para la gente de alto poder económico que reparten catálogos impresos en el papel más caro, el avisaje comercial en ciertos diarios de productos vedados, de hecho, para las clases pobres.

[…]

Y en esto los silencios de Keiko Fujimori la perdieron.

Calló lo que hicieron su padre y ella en la década del noventa cuando gobernaron el país, la razón de ser de las esterilizaciones de más de trescientas mil mujeres, el burdo y gigantesco latrocinio de los caudales del Estado, el despojo de una gran parte del poder de compra de los trabajadores, reduciendo sus derechos sociales y remuneraciones con la “flexibilidad laboral”, y, sobre todo, la manera como financiaría las ofertas que hace alegremente en las urbanizaciones populares, repetidas en su intervención de ayer. Es evidente que cualquier promesa de dar ciertos bienes y servicios sin redistribuir la riqueza es una mentira.

En el proceso electoral de 2011, Keiko Fujimori ganó en Lima, tanto en los barrios de más alto poder económico como en los de familias con ingresos bajos y en su mayoría paupérrimos. En este aspecto, la historia parece repetirse ahora. Que muchos de los ricos voten por ella se explica. Pero que los pobres le den su apoyo es aberrante. No es el primer caso en la historia del Perú, ni en la de otros países. Luego, los pobres reciben su merecido, cuando los candidatos de su preferencia no les dan lo prometido y hasta los oprimen con más saña y desprecio. (Más mi pegas, más ti quiero.) Es el juego de la democracia burguesa que se debería atacar para hacerla realmente democrática, haciendo a los electores más conscientes de su clase social y de sus expectativas de mejorar su condición económica.

Uno de los destinatarios de mis comentos (exdirigente sindical) me dijo que él no votará ni por Pedro Pablo Kuczynski ni por Keiko Fujimori. Le respondí que esa actitud era como un tul que no llegaba a ocultar su frustración de individuo aislado que no puede ni siquiera advertir la naturaleza y la fuerza de las grandes corrientes que mueven a las personas, incluso contra su voluntad. Era inútil recordarle la dinámica de la estructura de la sociedad y su marcha inexorable envolviendo a todos en sus términos antagónicos y llevándolos consigo.

La elección del próximo junio no tiene como fin cambiar la estructura de la sociedad. Con el dominio del congreso de la República por los representantes de Keiko Fujimori la suerte de nuestro país está casi echada. Darle también el puesto presidencial podría convertir al gobierno en una dictadura, que por sus raíces familiares y el arrejuntamiento de los políticos arribistas y de dudoso currículum económico que se le han plegado, repetiría la infausta década del noventa y podría hacer del gobierno la cabeza de un narcoestado.

Los electores obnubilados por Keiko Fujimori y por el voto viciado o en blanco deberían reflexionar sobre esto.

(23/5/2016)

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Por - Publicado el 14-05-2016

Por Jorge Rendón Vásquez

Hay un derecho laboral muy importante cuya subsistencia dependió de Pedro Pablo Kuczynski cuando era presidente del Consejo de Ministros. Él pudo haber bajado el pulgar para eliminarlo, pero, al contrario, lo levantó y ese derecho se mantuvo.

Este hecho, que trasciende el nivel de la anécdota, sucedió en junio de 2006 luego de un ir y venir de trámites que yo había impulsado.

A comienzos de ese año, el ministro de Trabajo Carlos Almerí Veramendi, quien había sido mi alumno en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos, me pidió que lo ayudara en su gestión. Quería hacer algo por los trabajadores. Acepté y seleccioné en seguida una idea para cubrir un vacío legal, consistente en la ausencia de una norma que obligase a los empleadores a llevar un registro de asistencia al trabajo.

Con excepción de los informales, los empleadores, utilizaban tarjetas, cuadernos u otros documentos para registrar el ingreso y la salida de sus trabajadores con la finalidad de descontarles el tiempo de inasistencia y probar las ausencias justificatorias del despido. Pero lo hacían por propia conveniencia. Como no había una norma que los obligase a llevar ese registro, prescindían de exhibirlo a las autoridades para mantener a sus trabajadores realizando trabajo en tiempo extraordinario que no pagaban. Y esto se había convertido en una práctica común luego de julio de 1980 hasta establecerse como una irreductible norma ilegal en la década del noventa. Al ser requeridos por los inspectores de trabajo y los jueces para mostrar los registros de asistencia de sus trabajadores se negaban a hacerlo, aduciendo que no los llevaban y que ninguna norma los obligaba a tenerlos. Los jueces y los inspectores de trabajo convalidaban esa negativa, y así los trabajadores no podían cobrar por su trabajo en horas extras.

Redacté entonces un proyecto de decreto supremo por el cual se disponía, en síntesis, que los empleadores del régimen laboral de la actividad privada debían tener un registro permanente de control de asistencia en el cual los trabajadores firmarían al ingresar al centro de trabajo y al retirarse de él, y que deberían exhibirlo cuando lo requirieran las autoridades administrativas de trabajo, los jueces, la organización sindical y el propio trabajador.

El ministro de Trabajo Almerí Veramendi hizo completar la forma legal del proyecto y con otros documentos lo llevó al despacho con el presidente de la República, que era Alejandro Toledo. Este recibió las explicaciones de Almerí y firmó el decreto, que fue publicado al día siguiente en el diario oficial (5 de abril de 2006).

Los trabajadores y sus organizaciones tardaron en informarse de esta norma y de su importancia. En cambio, las organizaciones de empresarios, que cuentan con equipos de expertos en asuntos laborales, reaccionaron de inmediato y pidieron su derogatoria. Más iracunda y exigente fue la actitud de los funcionarios a cargo de las entidades del Estado con trabajadores en el régimen laboral de la actividad privada. Su presión se desbordó en una reunión del Consejo de Ministros en el que casi todos los ministros pidieron a gritos la derogatoria de la malévola norma. Toledo los miraba, preguntándose tal vez cómo pudo haber metido la pata. Finalmente, dispuso que el presidente del Consejo de Ministros se reuniese con los ministros para estudiar el asunto y propusiera lo que resultara conveniente.

La reunión se llevó a cabo en el local de la Presidencia del Consejo de Ministros, una antigua casona situada en la avenida 28 de Julio de Miraflores. El ministro Almerí se excuso de asistir por tener que viajar fuera de Lima y me pidió que lo representara con el Director de Asesoría Jurídica del Ministerio.

Los ministros se sentaron a los lados de una larga mesa y Pedro Pablo Kuczynski ocupó una cabecera. En la segunda fila se apiñaron los jefes de las instituciones públicas y de algunas empresas del Estado. Sus discursos fueron de tono y contenido dantescos: las empresas quebrarían porque con ese decreto tendrían que pagarles horas extras a sus trabajadores; se ausentaría la inversión privada y la economía se precipitaría en caída libre; y lo más dramático, en el presupuesto público no se había previsto egresos por horas extras y sin el concurso de ese trabajo gratuito la maquinaria estatal se paralizaría. Los jefes de las instituciones públicas exigieron a coro la derogatoria del decreto y, entre ellos, la jefa de Aduanas reveló sin ningún escrúpulo que su entidad nunca había perdido ni un juicio por horas extras y que si el empleado no quería trabajarlas tenía las puertas bien abiertas para irse. Un murmullo de feria aprobó estas palabras. Pedro Pablo Kuczynski los escuchaba en silencio. Cuando se agotaron las intervenciones de esa burocracia, pedí la palabra.

—Hay una norma en la Constitución Política —dije— que limita la jornada y la semana de trabajo. Pregunto ¿se le acata o se le infringe? Y seguí: el decreto de control de asistencia está ya en la calle, y los trabajadores lo han incorporado como un activo. (Exageraba, pero tenía que valerme de este argumento.) ¿Se lo quitarán? La jornada de ocho horas fue conquistada hace casi cien años con una huelga que paralizó Lima. ¿Quieren otra?

Kuczynski se inclinó hacia una funcionaria algo robusta y con una peluca a lo garzón, que era al parecer una consejera, y le cuchicheo algo.

La consejera dijo entonces:

—Como el presupuesto vigente no ha previsto el pago por horas extras, el decreto podría aplicarse en la administración pública recién a partir del 1º de enero del año próximo.

Pedro Pablo Kuczynski me dirigió la mirada, como en una negociación. Yo le hice un gesto afirmativo.

—Queda así entonces —dijo—. Se levanta la sesión.

El 4 de junio de 2006 se publicó el decreto supremo que disponía esa medida, corrigiendo en tal sentido el anterior decreto. Y así el control obligatorio del tiempo de trabajo quedó en vigencia.

Pedro Pablo Kuczynski había demostrado ser un hombre serio y poseer la estatura de un estadista.

Moraleja jurídica: en ciertos casos, no bastan las normas de fondo para el goce de tales o cuales derechos. Se requiere complementarlas con reglas de procedimiento para evitar que les saquen la vuelta.

(14/5/2016)

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Por - Publicado el 21-04-2016

El modelo económico actual se basa en las ganancias de las grandes empresas.1 Éstas, las que están y las que vienen atraídas por las ganancias, invierten y ganan, y de sus ganancias reinvierten, con lo cual el negocio crece y con él lo que usualmente llamamos “la economía”.

Para aumentar esta atracción por la ganancia, los gobiernos de turno les ponen hartas luces verdes, con lo cual por supuesto que ponen luces rojas a otros agentes. La libertad de otros acaba donde comienza la libertad de las grandes empresas.

  1. Así, las ganancias aumentan a costa de los trabajadores, que la tienen difícil para sindicalizarse, pueden ser despedidos expeditivamente, y se les recorta cualquier beneficio que tengan que pagarles los empresarios.

    Y el gobierno de turno vigila que las ganancias aumenten por esta vía, siempre optando preferencialmente por las empresas en contra de los trabajadores.

  2. Las ganancias aumentan a costa del medio ambiente y de las comunidades vecinas, facilitándoles a las empresas que hagan “estudios de impacto ambiental” amañados, cambiados, hechos por empresas socias.

    Y el gobierno de turno vigila que las ganancias aumenten por esta vía, siempre optando preferencialmente por las empresas en contra principalmente de los campesinos e indígenas.

  3. Las ganancias aumentan a costa de los impuestos que las empresas deben pagar al estado (las empresas logran sus ganancias también gracias al uso de infraestructura pública). Los gobiernos de turno les rebajan los impuestos a través de diversos mecanismos, como exoneraciones tributarias, contratos ley, depreciaciones aceleradas, “obras por impuestos”, etc.

    Y el gobierno de turno vigila que las ganancias aumenten por esta vía, siempre optando preferencialmente por las empresas en contra de la ciudadanía que paga sus impuestos completos y gracias a la cual estas empresas pueden operar en el país.2

  4. Las ganancias aumentan a costa de los consumidores, cuando las grandes empresas cobran precios de monopolio por sus servicios: tarifas elevadas por servicios públicos, altas comisiones por el mantenimiento de fondos de pensiones, tasas de interés sobrecargadas, etc.

    Y el gobierno de turno vigila que las ganancias aumenten por esta vía, siempre optando preferencialmente por las empresas en contra de los consumidores.

Se trata, pues de un modelo económico desproporcionadamente orientado hacia las grandes empresas privadas, so pretexto del crecimiento. El objetivo de la economía a nivel social no es el crecimiento. El crecimiento es un medio, no un fin. El objetivo de la economía es aumentar el bienestar de los integrantes de una comunidad. No se trata de tener un estado al servicio de la gran empresa privada, pensando que lo que es bueno para la gran empresa privada es bueno para la sociedad, pues no es así. Tiene que haber un óptimo, un punto medio entre el incentivo a las empresas a invertir y el bienestar de los toda la comunidad nacional: trabajadores, campesinos, indígenas, ciudadanos, consumidores, no sólo los grandes empresarios.

Y los resultados saltan a la vista. Tenemos crecimiento, recién en los últimos años, gracias principalmente a los elevados precios de las materias primas (hoy elegantemente llamadas “commodities”). Durante el fujimorismo no hubo crecimiento ni se redujo la pobreza (hubo primero una subida y al final, una caída, dejándose todo casi igual). El crecimiento y la reducción de la pobreza recién ocurren a partir de mediados de los 2000, pero los salarios nunca recuperaron el nivel que tenían en 1973. Y es un crecimiento que lo experimentan tanto países de modelo neoliberal como países de modelo “chavista”, pues ambos son exportadores de materias primas. No se trata, pues, de un crecimiento “gracias a este modelo”.

Resulta pues que estamos ante un modelo inercial, facilista, sesgado hacia las grandes empresas, y sobre todo en agotamiento, que se derrumbará el día que caigan los precios de la materias primas, que ocurrirá tarde o temprano, como ocurrió antes con el guano y el salitre, el caucho o en la crisis de los 1930s. Generosamente se les llama ganancias, pero en muchos casos en realidad se trata de una renta por la extracción de recursos naturales. En esos casos estamos ante la renta de la tierra, no ante una verdadera ganancia capitalista. Estamos en una época del guano con esteroides y celulares.3

El debate no debería ser ya si cambiamos de modelo porque el que tenemos es maravilloso, como pregonan los voceros oligárquicos más oscurantistas y retrógrados, sino comenzar a delinear las bases de un modelo alternativo.

  1. Una versión previa de este post apareció primero aquí, en Facebook. Es un post en referencia a este artículo de opinión:

    El maldito “modelo económico”, por Roberto Abusada Salah
    Este régimen económico ha transformado al país, cortado la pobreza a la tercera parte y disminuido la desigualdad.

    y continúa las ideas expresadas en estos dos posts:
    Los cinco mitos de Althaus
    ¿Cuándo creció el Perú? []

  2. Añadiría que un caso especial de 3 ocurre cuando el estado abandona su actividad empresarial, para traspasársela a empresas extranjeras, privadas o estatales, que no operan bajo la lógica de la reinversión en el país, sino de la extracción de las ganancias generadas en el país hacia otros países. El crecimiento ocurre cuando las empresas extranjeras traen inversión, pero se va cuando las empresas extranjeras se llevan sus utilidades y no las reinvierten. []
  3. Esa es otra. Se hace pasar el impacto positivo en el campo peruano por el uso de celulares, como un logro del modelo económico neoliberal. []
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Por - Publicado el 04-04-2016
“La historia no se repite; rima”
Mark Twain

Verónika Mendoza pasaría a la segunda vuelta.1

1. Si es así, ¿podría ganarle a Keiko Fujimori?
2. Y si es así, ¿cómo sería su gobierno?
3. Y si es así, ¿cuán deseable sería desde un punto de vista contestatario que Mendoza gane la segunda vuelta y gobierne?

1. Viendo lo ocurrido en las elecciones del 2011, y luego en su rol opositor desde entonces, en que logró formar una alianza para quitarle al humalismo la directiva del congreso, está claro que el fujimorismo tuvo y tiene una mayor capacidad de formar amplias alianzas. Humala en la segunda vuelta de 2011 sólo pudo conseguir el apoyo de un todavía alguien Toledo, a nivel partidario. La mayoría de partidos apoyó a Fujimori. El apoyo importante de Humala fue el de Vargas Llosa, que lo potabilizó con la clase media limeña, sacrificando en algo el voto del Perú no limeño, como vimos en este post.

En una segunda vuelta, no está en duda que Mendoza, en su afán de ganar, tendría que anunciar una suerte de Hoja de Ruta.

Lo que estaría por verse son los términos de la misma. Para comenzar tendría que recurrir al apoyo partidario de Acción Popular, sucedáneo del toledismo (a su vez sucedáneo de Acción Popular), partido con el cual ya existe una alianza en el congreso. A esto se sumaría el apoyo del humalismo, definitivamente interesado en que no gane el fujimorismo, acaso un apoyo gubernamental sin influencia electoral.

Eso no le sería suficiente a Mendoza. La derecha apretaría sus tenazas sobre ella, acusándola por un lado de terruco-chavista y por el otro de corrupta-lavadora de dinero chavista. Ante eso, Mendoza necesitaría algo similar a lo que necesitó Humala en 2011. ¿Aceptaría Vargas Llosa apoyar a Mendoza? Pues, depende de las condiciones. A Vargas Llosa no le interesa que gane el fujimorismo, pero no otorgará su acreditación de aceptable a Mendoza, si no tiene las garantías de que Mendoza no va a hacer chavismo. Y para tener esas garantías pedirá cosas muy concretas, comenzando por la política económica. Lo primero que pedirá será la cabeza de Dancourt y su gente. Si no le dan eso, Vargas Llosa verá la elección entre Mendoza y Fujimori como elegir entre el cáncer y el sida y no se quemará a apoyar nada. Es decir, para ganar las elecciones, Mendoza tendría que repetir lo que hizo Humala en 2011 (una volteada temprana, que por cierto, fue aprobada y apoyada por Mendoza).

Desde luego que la cúpula del Frente Amplio podría no aceptar estos términos. Al fin y al cabo, ya no se trata de izquierdistas empotrados en el humalismo, sino de izquierdistas que dirigen su propio frente. Deberían obtener algo más de lo que obtuvieron como aliados de Humala. Ellos podrían contraproponer que su gente se quede, pero que lleve a cabo políticas neoliberales. Al fin y al cabo, varios de los de su equipo ya lo han hecho, Dancourt en el toledismo a comienzos de los 2000 (y en el 2011 Dancourt fue economista del equipo de Toledo y sólo en la segunda vuelta se incorporó al equipo de Humala) o Campodónico, que fue el economista de Castañeda o Francke, quien fue alto cargo en el fujimorismo. Total, más importante, para ellos, es su gente que las políticas. Quedaría por ver si Vargas Llosa aceptaría esos términos. Probablemente no. También es cierto que Vargas Llosa tiene menos influencia a nivel social que antes, pero también conserva alguna influencia clave en el sector caviar, centrista, macartista de la clase media y alta limeña. Y también es cierto que a nivel de equipos técnicos hay una mayor diversificación. Para hacer neoliberalismo, no es necesario gente de apellido Berckemeyer, Miró Quesada o Garrido, pues hay gente de apellido Carranza, Castilla o Segura.

Pero aquí también hay que considerar que quien manda no es precisamente Vargas Llosa, sino directamente el Departamento de Estado. Los Wikileaks sugieren que ni bien Mendoza pase a la segunda vuelta, tendría su reunión con la gente de la embajada de los EEUU (si no la ha tenido ya), que querría despejar dudas sobre lo que implicaría un gobierno de Mendoza.2 Ahí vendrían las verdaderas negociaciones y Mendoza tendría que dar garantías muy concretas, acotando su programa. Mendoza podría insistir en que Conga y Tía María no van (con lo de Espinar más). Al fin y al cabo, se puede hacer neoliberalismo sin Conga y sin Tía María. Pero, ¿por qué la embajada atracaría algo así, si puede sacar más en términos netos auspiciando a Fujimori? Como en los noventas, este también es un tema de lucha de tendencias en el seno de las agencias de los EEUU. Algunas están más interesadas en soluciones militares y prohibicionistas al narcotráfico y en los intereses mega empresariales; otras agencias inciden más sobre los formalismos democráticos. Suelen ganar las primeras, si la hacen bien, como cuando apañaron a Fujimori a comienzos de los noventas, pero si hacen mucho escándalo, acaban por ganar las segundas, como cuando hicieron caer a Fujimori a fines del los noventas y el 2000. A ver cuál gana esta vez.

2. El humalismo ha demostrado que una hoja de ruta es una total concesión al neoliberalismo, pero que aún así la derecha oligárquica ataca y demuele con todo. No por concederles algo, o todo, dejan de sentirse que están ante un gobierno comunista (ver el reciente artículo del numerario del Opus Dei y ex mano derecha de Pedro Beltrán, Arturo Salazar Larraín, quien asegura que el gobierno de Humala es un “segundo socialismo castrense”).

Ninguna hoja de ruta que conceda Mendoza evitaría la total y diaria demolición de El Comercio, P21, Correo y sus canales de television. Le caerían con todo y más fuerte que a Humala, Heredia y Villarán juntas. En el Frente Amplio, ya podrían preguntarse cuál es su incentivo para dar concesiones, aparte de ganar, si igual los van a demoler. Ante eso, tal vez sería mejor no dar concesiones y chocar con los poderes fácticos en serio, arrebatándoles al menos parte del poder. Así valdría la pena que se quejen igual, pues se redistribuiría en alguito el poder.

Esta situación colocaría a un posible gobierno de Mendoza en una situación similar a la del gobierno Humala: cercado por todos lados, en jaque permanente, llevando a cabo las políticas que vegetativamente van siendo diseñadas para la región desde las multilaterales, atacado por la derecha oligárquica, en una situación de una izquierda organizativamente débil. Sería en buena cuenta una continuación del humalismo con otros personajes.

3. Definitivamente una cierta continuación del humalismo sería mejor, menos peor, desde un punto de vista contestatario que el regreso del fujimorismo, con Alberto Fujimori presenciando libre, entre vítores, la toma de mando de su hija. Sería menos peor como opción que gane la segunda vuelta y como gobierno.

En todo esto hay un tema de fondo. No se pueden hacer cambios sociales sin un apoyo mayoritario y una mayor organizacion del movimiento social. En América Latina los gobiernos de izquierda han necesitado de una sólida organización social para hacer cambios sociales venciendo la resistencia del poder fáctico, es decir, de la clase dominante oligárquica. En su defecto, han necesitado crear esta organización desde el poder, un empoderamiento de las clases trabajadoras. Pero en el Perú la oligarquía sabe muy bien de qué va todo esto, e históricamente ha bloqueado cualquier fortalecimiento social que eventualmente le fuera a arrebatar el poder. Nunca ha dejado que se le escape ninguna rendija que deje entrar la luz en su mundo oscurantista y retardatario.

En el Perú, el postfujimorismo está quedando como una etapa histórica en la cual el voto se va radicalizando y logra elegir gobiernos, pero éstos hacen más de lo mismo y más bien resulta siendo el fujimorismo el fortalecido. La oligarquía, particularmente con el humalismo, entró en una dinámica de microdemolición a cada paso que daba el gobierno, que no dejó que se haga ya no digamos un cambio grande, sino al menos un cambio pequeño que permita hacer eventualmente un cambio grande. Lo que sí es claro es que la demanda de cambios sociales sigue ahí, acumulándose, embalsándose para reventar furibundamente en algún momento.

  1. Este post salió ayer en FB, aquí. []
  2. Cuando este texto fue escrito, Mendoza ya había tenido su reunión con el embajador de los EEUU Brian Nichols, aquí. []
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Por - Publicado el 24-01-2016

1. Atarante. Haga preguntas cortas que requieran respuestas largas. En medio de la respuesta, interrumpa, haga más preguntas, cambie de tema. Así dejará la impresión de que la entrevistada no tiene cómo responder a su pregunta y no sabe nada del tema.

2. Aterre. Lleve cada respuesta del entrevistado al absurdo o al estereotipo. “Ah, o sea que ustedes proponen una dictadura como en Corea del Norte”. “Ah, o sea que ustedes proponen políticas populistas que llevan a la hiperinflación”. “Ah, o sea que ustedes proponen ahuyentar la inversión”. “Ah, o sea que ustedes apoyan el terrorismo”. Garantice que el entrevistado no pueda levantar la acusación interrumpiéndolo y haciéndole más acusaciones.

3. Evite centrar el tema en los puntos fuertes del entrevistado. Si el entrevistado es un técnico, lleve el tema a la política. Si el entrevistado es un político, lleve el tema a lo técnico.

4. Haga preguntas falsas. “¿Dejarán de ahuyentar la inversión que tanto necesita el país?” (Responda “sí” o “no”, el entrevistado se verá forzado a reconocer que ahuyenta la inversión). “¿Están ustedes a favor de las privatizaciones o se oponen al crecimiento del país?” (Falacia del tercero excluído. Sólo se presentan dos opciones, cuando hay más). Y si no responde la pregunta, acúselo de evadir una respuesta, o simplemente de negar los hechos.

5. Distraiga a la entrevistada con acusaciones personales. Que la entrevistada pierda tiempo respondiendo acusaciones para que nunca pueda hacer su propuesta. Incluso si responde bien a las acusaciones, quedará una sombra de duda sobre su persona.

6. Apodérese de la realidad. No le dé al entrevistado ninguna posibilidad de discrepar fácilmente con la imagen de la realidad que usted dibuja. Y si lo hace, que pierda tiempo refutándolo. No le pregunte sobre cómo ve la realidad. Afirme de frente que está demostrado el modelo económico actual es el que más le conviene al país, que ha traído un gran crecimiento, una gran redistribución y una gran reducción de la pobreza. Que la respuesta de su entrevistado gire en torno a intentar refutar esta afirmación. Siempre es más difícil plantear una idea en relación a una afirmación previa que plantearla libremente.

7. Haga enojar a su entrevistada. Píquela con acusaciones hasta que pierda los papeles y levante la voz. Usted también levante la voz, pero quien siempre perderá en imagen es ella, no usted.

8. Embosque. En medio de cualquier explicación de su entrevistado, pase imágenes que ilustren lo contrario a lo que éste señala, interrumpa y dé la palabra a un entrevistado sorpresa que está en la línea telefónica y deje malparado a su entrevistado.

9. Dos contra uno. Una forma de garantizar que su entrevistada quede siempre arrinconada es hacer la entrevista con algún colega que comparta sus criterios y que sea tan incisivo como usted con el entrevistado. No le den ningún respiro al entrevistado. Ametrállenlo con preguntas e interrumpan todas sus respuestas.

10. La casa gana. Cuando su entrevistado se haya ido, siga hablando del tema y refutándolo. Desde luego que así su entrevistado no podrá responder a nada, usted redondeará sus ideas (las de usted y de su empleador) y consolidará una mala imagen en su entrevistado.

[Publicado antes en Facebook aquí.]

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Por - Publicado el 30-12-2015

No es un libro para tomarse en serio. Existen diversos análisis sobre la izquierda hechos por otra gente de derecha escritos con mucho mayor fundamento, que sí citan bien a sus fuentes, que tienen alguna especialidad en algo, y que sobre todo están mucho mejor escritos. Este libro está escrito con el hígado; supura bronca y complejos, acusaciones personales y descalificaciones en cada línea que uno lee. Es el boquillazo que precede a una mechadera convertido en libro.

Ni siquiera vale la pena perderse en las comidillas que va soltando, pues no es ninguna fuente confiable, ni cita con rigurosidad. Allá los reseñadores ayayeros que se pierden en buscar precisiones en estas comidillas como si éstas fueran algún aporte a algo.

Al autor, obviamente acostumbrado a escribir pequeñas columnas, le queda grande escribir un libro. Uno siente estar leyendo sus columnas de opinión en un formato grande e interminable. Es como ver a un jugador de fulbito, experto en pequeñas gambetas y sin físico para correr más, totalmente desubicado en una cancha de fútbol. Es un libro repetitivo y nada original, totalmente prescindible y por sobre todo que no tiene las de lograr su objetivo cual es supuestamente advertir al público sobre lo nocivo que es la izquierda para el Perú. Desde luego que tal mensaje le hace muy pero muy poca mella a la izquierda peruana. Por el contrario, gente como el autor contribuye mucho a esclarecer las cosas. Larga vida y que nunca pare de escribir como lo ha venido haciendo.

El mensaje del autor, cual gran catón, es que la izquierda debe desaparecer del país porque le ha hecho mucho daño. Arranca señalando dos debacles de la izquierda: el cierre de la revista Quehacer de DESCO (¿?) y el fracaso de Susana Villarán en la municipalidad de Lima. Se equivoca en lo primero. Quehacer había dejado de ser una revista de izquierda hacía ya mucho tiempo. Había apoyado al fujimorismo en los 1990s. Cerró porque no tenía nada que aportar. El fracaso de Villarán es connotado como un fracaso de la izquierda, sobre todo cuando ella logró no ser revocada a diferencia de sus regidores. Pero esa salvada quedó en nada al ocurrírsele ir a la reelección, y con “Diálogo Vecinal”, con lo que acabó personalizando su fracaso y mostrándose como muy oportunista, imagen que ha consolidado con su reciente integración a la plancha de Urresti. En una izquierda plural fracasa una opción y surge otra, no se fracasa necesariamente en bloque. Su fracaso claro que perjudica a la izquierda en general, pero es una situación remontable. Más aún cuando la derecha no tiene nada mejor que ofrecer.

El libro continúa con un recuento de “lacras izquierdistas” que la izquierda fue una gran asesina, que el modelo económico velasquista es un sida, que la izquierda está en decadencia intelectual, más un “testimonio de parte”. En este último acápite cuenta cómo la izquierda lo agredió durante toda su vida:
“Soy un ‘hijo de la revolución’ velasquista, así que de niño vestí uniforme escolar único como si fuera militar, tuva a Papá Noel y Mickey Mouse prohibidos y me ahogaron con un país cerrado al exterior y una televisión gris y repleta de discursos militares con transmisión ‘en cadena’ (en todos los canales en simultáneo).”

Y por supuesto, también lo agredió Sendero Luminoso y el MRTA. Humala amenazó regresar toda esa bazofia a su vida desde el 2006. Dice. Luego sigue un horripilante y olvidable recuento histórico sobre la izquierda peruana que concluye con que el “tumor” de la izquierda está derrotado, disperso y sin apoyo electoral. Pero claro, ahí viene su discurso sobre el “electarado” que por ahí acaba apoyando a opciones izquierdistas. La úlitma frase no tiene desperdicio:

“La izquierda local es un cóccix extra large, un vestigio inmenso de ese rabo que tuvimos los humanos cuando fuimos simios, un atavismo arcaico que tan solo nos ha traído desgracias. Una tragedia y una maldición”.

Y tampoco lo tiene su Post Scriptum titulado “Gracias (periodísticas) totales” dedicado a varios izquierdistas, pero también a otros nada izquierdistas:

“A Juan Carlos Tafur, zahorí colega que se entusiasmó con la respuesta a Lauer y me convenció para que escribiera semanalmente una columna

A Eduardo Carbajal Arenas (EC) y Luis Agois Banchero (EPENSA), que me despidieron, in motivo aparente o relevante, de trabajos muy queridos en periódicos.

A Carmelo X (no recuerdo su apellido), un editor del diario económico español Expansión, quien luego de una entrevista en diciembre de 1991 aseguró a un ilusionado y joven recién graduado que todo estaba OK para ese puesto de redactor y que lo llamarían esa semana…”

El denominador común para esta dedicatoria es el odio, no importa que se trate de gente de izquierda o de derecha. De hecho los maltratos más directos los sufrió el autor de parte de gente de derecha. Pero claro, haciendo un balance, finalmente lo trataron y lo siguen tratando más o menos bien. Suena a que si el autor del libro hubiera sufrido más episodios de maltrato de parte de la derecha, particularmente durante su niñez, en vez de ser anti-izquierdista habría sido un furibundo anti-derechista.

¿Por qué escribir un libro así? Ocurre que ya pasó la “época de oro” del autor, como director de Correo, y necesita un relanzamiento personal. Hoy el autor lleva muchas banderillas en el lomo. Su discurso está gastado. Sus broncas personales no despiertan interés en sus posibles empleadores que entienden que es alguien conflictivo y no confiable. Lo botan de Correo y se da nivel inventándose una conspiración brasileña para sacarlo. Todo su discurso tiene más valor de entretenimiento, para la derecha y a veces para la izquierda, que de esclarecimiento. Y es un discurso nada consistente: ha pasado de ser algo anticlerical a ser totalmente clerical, se ha mostrado en su rol más represivo, con incoherencias estatistas y dirigistas dentro de su supuesto liberalismo. Es un columnista asilado con una columna en P21, después de haber salido de El Comercio. Su programa televisivo ha salido del horario estelar del domingo por la noche para ser reubicado en la mañana.

Se nota que es una persona que no trabaja bien en la adversidad y que está muy interesado en que su libro sea aclamado para recuperarse de lo dolido que está por su caída de Correo.

¿Le funcionará?

Todo dependerá de si en la derecha hay cama para tanta gente. Con el nombramiento de Berckemeyer y Garrido en El Comercio y P21 ya quedó claro que la derecha tiene otros cuadros jóvenes mucho más preparados que el autor y sobre todo que sí son de la casta oligárquica. Al lado de ellos el autor es un antiguo guardaespaldas del cual tal vez la derecha no tenga ningún problema de prescindir. Ojalá que eso no ocurra y tengamos Aldo Mariátegui para rato.

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Por - Publicado el 30-12-2015

Con una veintena de campañas presidenciales más miles de campañas individuales para congresistas se crea una realidad política mediática distanciada de la realidad social y económica. Un gran circo electoral en que se pierde para la comprensión general lo esencial. Ya no hay contradicción principal ni secundaria. Y más aún cuando la tradicional oratoria demagógica les ha cedido el paso a los ritmos y bailes rodeados de peluches y muñecos de arrejuntamientos abiertamente oportunistas y sin principios. Es una hiper-enajanación. La imagen del opio del pueblo se queda corta para graficar lo que se avecina. Y desde luego, entre tanta dispersión, no falta el discurso inteligentón marisabidillo que declara que las contradicciones del capitalismo ya fueron, que hay que resignarse a lo que hay como muestra de una supuesta madurez o seriedad.

¿Cómo encontrar un hilo conductor que dé algún mínimo criterio orientador entre tanto laberinto?

Pues ir al tema de fondo.

El poder en el Perú lo sigue teniendo una oligarquia relanzada en los años 1990s en alianza con el poder de empresas extranjeras apoyadas por las embajadas de sus paises. Y este poder lo tiene pues ganó la partida, lo reconquistó tras el intento reformista militar de los 1970s y los intentos de ir más allá de este reformismo en los 1980s, intentos tanto electorales como insurgentes. Desde luego que la derrota no fue sólo de esas opciones políticas: perdieron las clases trabajadoras, ganó la clase oligárquica. Ahí están las privatizaciones corruptas y la consolidación de nuevos grupos económicos , el recorte secular de derechos laborales, el poder ilimitado de las grandes empresas de las comunicaciones, el relanzado poder clerical. Esta situación fue desafiada en parte en los años 2000s. Como la organización social y política estaba destruída y ganada por la resignación y el oportunismo, las asonadas contestarías, a nivel político, vinieron de los soldados veteranos de la guerra contrainsurgente. A diferencia de lo ocurrido con la insurgencia de los 1960s, en que los militares vencedores, sensibilizados y devenidos en contestatarios fueron coroneles, los militares vencedores de la insurgencia de los 1980s que se sensibilizaron socialmente fueron capitanes, que tuvieron que ganarse el apoyo electoral, al no tener el poder de dar un golpe de estado. Los ejecutores del “trabajo sucio” de la guerra resultaron tener un rol de vanguardia política contestataria. Una asonada en Locumba y otra en Andahuaylas fue su carta de presentación social y política en tiempos de post-guerra. Un pueblo sin sindicatos ni partidos fuertes vio en este segmento social y político una tabla de salvación, que podría revertir una situación en que la oligarquía más reaccionaria de las Américas más las embajadas extranjeras hacían y deshacían en un reconquistado Perú. Así surgió el humalismo, que acabó llegando al gobierno y renegando inmediatamente de sus promesas electorales. Con esta volteada se malversó todo un proceso de acumulación de fuerzas sociales y políticas. Muy al estilo de Fujimori con su promesa de no-shock en 1990: si en 1990 la moraleja era “si hasta los que prometen no-shock hacen shock, será que ese es el único camino posible”, pero con el neoliberalismo como único camino posible. El sistema ha sido capaz de entronizar este mensaje en prácticamente todas las fuerzas políticas existentes. El sistema político es como un servicio de cable con un montón de canales nada interesantes, que deja en el usuario la imagen de una inexistente variedad. Más aún, con la volteada de Humala hubo menos congresistas comprometidos con el movimiento social que durante el alanismo. Los que antes se opusieron tenazmente al baguazo, acabaron respaldando al gobierno en Cajamarca, Espinar, Tía María y en la ley pulpín. Un gran retroceso. Sin embargo, las contradicciones sociales siguen allí. No han desaparecido. Y sigue ocurriendo que la propia voracidad del sistema es la mejor incubadora de futuros levantamientos.

Tomará tiempo reconstruir y relanzar una organización social que defienda los intereses populares. Y más tiempo aún tomará que esta organización pueda trascender la reinvindicación social y lograr un efecto de tipo político. Igual está la coyuntura electoral y algo se puede hacer mientras ésta dure. Dadas las listas de candidatos/as no es que haya una opción que garantice un cambio de rumbo en el Perú.

¿Qué hacer?

Avancemos algunas ideas-fuerza:

– Obligar a que los candidatos se pronuncien sobre el modelo económico que rige en el país. Algunos puntos: 1. derechos laborales y sociales, de trabajadores, campesinos e indígenas, 2. relanzamiento de empresas estatales peruanas, en particular en industrias con fuerte presencia estatal extranjera y 3. programas sociales universales, 4. soberanía nacional, basta de intervención extranjera en el Perú. Es importante diseminar ideas-fuerza alternativas y contrarias a las impuestas por el neoliberalismo. Intentar que el debate esté en los temas de fondo y no en los ataques de campaña.

– Voto estratégico y apoyo al mal menor a nivel presidencial, desde luego sin dejar de criticarlo. Dado el diseño electoral, no tiene mucho sentido perder el voto en partidos sin opción de hacer alguna diferencia. Como en el billar, cuando no se puede ganar en la siguiente jugada, se debe dificultar que sea el oponente el que gane. Tal vez el voto que se perdería en apoyar opciones sin posibilidad de ganar sí pueda servir para determinar quién pasa a la segunda vuelta, con lo cual se puede orientar en algo esta segunda elección. Esto es un poder real. Este voto se irá delineando a medida que avance la campaña electoral.

– Voto cruzado. Menos mal que hay voto preferencial y no hay que votar por el orden determinado por los partidos, es decir, en muchos casos por el poder del dinero y en otros por el poder de las cúpulas partidarias. Si se vota estratégicamente a nivel presidencial, se puede votar por candidatos/as que al menos estén dispuestos a defender un par de reinvindicaciones populares: apoyo la resistencia antimegaminera, a los sindicatos, que se opongan a la presencia de tropas extranjeras en el Perú, etc. Dado el oportunismo reinante, difícilmente existirá alguien que apoye consecuentemente todas las reinvindicaciones sociales y políticas existentes. Como ya se vio con el humalismo, existe el riesgo real que los candidatos que se presentan como muy contestatarios acaben siendo los mejores defensores del sistema. Pero al menos que apoye algunas. Al menos debería recuperarse una bancada o un sector de congresistas que sintonice consecuentemente con algunas de estas demandas. Y dada la dispersión política electoral existente, estos congresistas podrían estar en diferentes partidos.

– Alerta social y resistencia. Como estamos ante un horizonte de derecha, y la oligarquía lo tiene muy claro, tratarán imponer una relanzada agenda de recortes de derechos laborales y sociales y de más concesiones y ventajas a los más poderosos, ni bien asuman el gobierno, en los primeros 100 días. Harán como Fujimori en 1990 con el no shock, quien se compró el apoyo de la “izquierda” mintiendo y a cambio de algunos ministerios, algo que también se vio con Humala. La diferencia es que Fujimori encontró una total desorganización, pero Humala se topó con un movimiento organizado a nivel social como a nivel político, con un gobierno regional (en Cajamarca) en sintonía con el movimiento social. Un nuevo gobierno de derecha entrará con bríos reformistas neoliberales, con la misma tecnocracia, la misma oligarquía gobernante y las mismas embajadas interventoras. Es a este poder fáctico al que hay que tener bien vigilado. Incluso si la arremetida no es de golpe y es gradual, contenida en pequeñas arremetidas “sectoriales”, la resistencia social es crucial.

Para la discusión.

(Este post apareció primero en Facebook, aquí).

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