Por - Publicado el 30-12-2015

Con una veintena de campañas presidenciales más miles de campañas individuales para congresistas se crea una realidad política mediática distanciada de la realidad social y económica. Un gran circo electoral en que se pierde para la comprensión general lo esencial. Ya no hay contradicción principal ni secundaria. Y más aún cuando la tradicional oratoria demagógica les ha cedido el paso a los ritmos y bailes rodeados de peluches y muñecos de arrejuntamientos abiertamente oportunistas y sin principios. Es una hiper-enajanación. La imagen del opio del pueblo se queda corta para graficar lo que se avecina. Y desde luego, entre tanta dispersión, no falta el discurso inteligentón marisabidillo que declara que las contradicciones del capitalismo ya fueron, que hay que resignarse a lo que hay como muestra de una supuesta madurez o seriedad.

¿Cómo encontrar un hilo conductor que dé algún mínimo criterio orientador entre tanto laberinto?

Pues ir al tema de fondo.

El poder en el Perú lo sigue teniendo una oligarquia relanzada en los años 1990s en alianza con el poder de empresas extranjeras apoyadas por las embajadas de sus paises. Y este poder lo tiene pues ganó la partida, lo reconquistó tras el intento reformista militar de los 1970s y los intentos de ir más allá de este reformismo en los 1980s, intentos tanto electorales como insurgentes. Desde luego que la derrota no fue sólo de esas opciones políticas: perdieron las clases trabajadoras, ganó la clase oligárquica. Ahí están las privatizaciones corruptas y la consolidación de nuevos grupos económicos , el recorte secular de derechos laborales, el poder ilimitado de las grandes empresas de las comunicaciones, el relanzado poder clerical. Esta situación fue desafiada en parte en los años 2000s. Como la organización social y política estaba destruída y ganada por la resignación y el oportunismo, las asonadas contestarías, a nivel político, vinieron de los soldados veteranos de la guerra contrainsurgente. A diferencia de lo ocurrido con la insurgencia de los 1960s, en que los militares vencedores, sensibilizados y devenidos en contestatarios fueron coroneles, los militares vencedores de la insurgencia de los 1980s que se sensibilizaron socialmente fueron capitanes, que tuvieron que ganarse el apoyo electoral, al no tener el poder de dar un golpe de estado. Los ejecutores del “trabajo sucio” de la guerra resultaron tener un rol de vanguardia política contestataria. Una asonada en Locumba y otra en Andahuaylas fue su carta de presentación social y política en tiempos de post-guerra. Un pueblo sin sindicatos ni partidos fuertes vio en este segmento social y político una tabla de salvación, que podría revertir una situación en que la oligarquía más reaccionaria de las Américas más las embajadas extranjeras hacían y deshacían en un reconquistado Perú. Así surgió el humalismo, que acabó llegando al gobierno y renegando inmediatamente de sus promesas electorales. Con esta volteada se malversó todo un proceso de acumulación de fuerzas sociales y políticas. Muy al estilo de Fujimori con su promesa de no-shock en 1990: si en 1990 la moraleja era “si hasta los que prometen no-shock hacen shock, será que ese es el único camino posible”, pero con el neoliberalismo como único camino posible. El sistema ha sido capaz de entronizar este mensaje en prácticamente todas las fuerzas políticas existentes. El sistema político es como un servicio de cable con un montón de canales nada interesantes, que deja en el usuario la imagen de una inexistente variedad. Más aún, con la volteada de Humala hubo menos congresistas comprometidos con el movimiento social que durante el alanismo. Los que antes se opusieron tenazmente al baguazo, acabaron respaldando al gobierno en Cajamarca, Espinar, Tía María y en la ley pulpín. Un gran retroceso. Sin embargo, las contradicciones sociales siguen allí. No han desaparecido. Y sigue ocurriendo que la propia voracidad del sistema es la mejor incubadora de futuros levantamientos.

Tomará tiempo reconstruir y relanzar una organización social que defienda los intereses populares. Y más tiempo aún tomará que esta organización pueda trascender la reinvindicación social y lograr un efecto de tipo político. Igual está la coyuntura electoral y algo se puede hacer mientras ésta dure. Dadas las listas de candidatos/as no es que haya una opción que garantice un cambio de rumbo en el Perú.

¿Qué hacer?

Avancemos algunas ideas-fuerza:

– Obligar a que los candidatos se pronuncien sobre el modelo económico que rige en el país. Algunos puntos: 1. derechos laborales y sociales, de trabajadores, campesinos e indígenas, 2. relanzamiento de empresas estatales peruanas, en particular en industrias con fuerte presencia estatal extranjera y 3. programas sociales universales, 4. soberanía nacional, basta de intervención extranjera en el Perú. Es importante diseminar ideas-fuerza alternativas y contrarias a las impuestas por el neoliberalismo. Intentar que el debate esté en los temas de fondo y no en los ataques de campaña.

– Voto estratégico y apoyo al mal menor a nivel presidencial, desde luego sin dejar de criticarlo. Dado el diseño electoral, no tiene mucho sentido perder el voto en partidos sin opción de hacer alguna diferencia. Como en el billar, cuando no se puede ganar en la siguiente jugada, se debe dificultar que sea el oponente el que gane. Tal vez el voto que se perdería en apoyar opciones sin posibilidad de ganar sí pueda servir para determinar quién pasa a la segunda vuelta, con lo cual se puede orientar en algo esta segunda elección. Esto es un poder real. Este voto se irá delineando a medida que avance la campaña electoral.

– Voto cruzado. Menos mal que hay voto preferencial y no hay que votar por el orden determinado por los partidos, es decir, en muchos casos por el poder del dinero y en otros por el poder de las cúpulas partidarias. Si se vota estratégicamente a nivel presidencial, se puede votar por candidatos/as que al menos estén dispuestos a defender un par de reinvindicaciones populares: apoyo la resistencia antimegaminera, a los sindicatos, que se opongan a la presencia de tropas extranjeras en el Perú, etc. Dado el oportunismo reinante, difícilmente existirá alguien que apoye consecuentemente todas las reinvindicaciones sociales y políticas existentes. Como ya se vio con el humalismo, existe el riesgo real que los candidatos que se presentan como muy contestatarios acaben siendo los mejores defensores del sistema. Pero al menos que apoye algunas. Al menos debería recuperarse una bancada o un sector de congresistas que sintonice consecuentemente con algunas de estas demandas. Y dada la dispersión política electoral existente, estos congresistas podrían estar en diferentes partidos.

– Alerta social y resistencia. Como estamos ante un horizonte de derecha, y la oligarquía lo tiene muy claro, tratarán imponer una relanzada agenda de recortes de derechos laborales y sociales y de más concesiones y ventajas a los más poderosos, ni bien asuman el gobierno, en los primeros 100 días. Harán como Fujimori en 1990 con el no shock, quien se compró el apoyo de la “izquierda” mintiendo y a cambio de algunos ministerios, algo que también se vio con Humala. La diferencia es que Fujimori encontró una total desorganización, pero Humala se topó con un movimiento organizado a nivel social como a nivel político, con un gobierno regional (en Cajamarca) en sintonía con el movimiento social. Un nuevo gobierno de derecha entrará con bríos reformistas neoliberales, con la misma tecnocracia, la misma oligarquía gobernante y las mismas embajadas interventoras. Es a este poder fáctico al que hay que tener bien vigilado. Incluso si la arremetida no es de golpe y es gradual, contenida en pequeñas arremetidas “sectoriales”, la resistencia social es crucial.

Para la discusión.

(Este post apareció primero en Facebook, aquí).

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