Por - Publicado el 31-03-2015

Por Jorge Rendón Vásquez

Acto primero

Esopo fue el más grande moralista del mundo. Se supone que vivió entre los años 620 y 560 a.C. Fue esclavo de un filósofo y luego liberto. Enseñaba contando fábulas, las que han pasado a la posteridad gracias a Herodoto, Aristófanes, Aristóteles y Platón.

Se dice que cuando los habitantes de una ciudad griega le escucharon contar su fábula de la cigarra y las hormigas se rieron a más no poder. Pero, luego de unos días, cuando comprendieron lo que había querido decirles, Esopo tuvo que salir corriendo.

En su fábula del lobo y el cordero en el arroyo, que transcribo, reprueba la prepotencia y la arbitrariedad de los fuertes contra los débiles.

Miraba un lobo a un cordero que bebía en un arroyo, e imaginó un simple pretexto para devorarlo. Así, aún estando él más arriba en el curso del arroyo, lo acusó de enturbiarle el agua, impidiéndole beber. El cordero le respondió:

—Pero si sólo bebo con la punta de los labios, y además estoy más abajo y por eso no puedo enturbiarte el agua que tienes allá arriba.

Viéndose burlado, el lobo insistió:

—El año pasado injuriaste a mis padres.

—¡Pero entonces yo ni siquiera había nacido!

El lobo dijo para concluir:

—Ya veo que te justificas muy bien, mas no por eso te dejaré ir, y siempre serás mi cena.

Moraleja: Para quien hacer el mal es su profesión, de nada valen argumentos para no hacerlo. No te acerques nunca donde los malvados.

Acto segundo

El 9 de diciembre del año pasado, la Cámara Baja del Congreso de los Estados Unidos aprobó una ley por la cual se le ordena al Presidente Obama prohibir la entrada a Estados Unidos y congelar sus bienes a funcionarios venezolanos acusados de dirigir o asistir en actos de violencia o abusos serios contra los derechos humanos, arrestos o causas judiciales contra manifestantes antigubernamentales en Venezuela, y declarar a Venezuela como una amenaza para la seguridad del gobierno norteamericano.

El 18 de diciembre Barack Obama firmó el decreto de ejecución de esa ley.

Venezuela no ha afectado de manera alguna la seguridad interna o externa de Estados Unidos.

Para los gobernantes de este país nada importa si la afecta o no. En Venezuela —dicen— se ha reprimido a algunas personas con las cuales ellos simpatizan y cuyos actos contra el régimen legal venezolano apoyan.

El gobierno venezolano replica que esas personas están siendo acusadas y juzgadas de conformidad con las leyes de Venezuela, un asunto inherente a su jurisdicción.

—¡Eso no tiene, la menor importancia! —responden los congresistas norteamericanos—. Los actos de las autoridades venezolanas son ilegales, porque nosotros así lo declaramos. Y, punto.

Ni ley internacional, ni lógica jurídica.

Estamos ante una reedición de aquella fábula de Esopo, quien se reencarna en la opinión y el sentido común de la mayor parte de ciudadanos del mundo.

Las sanciones indicadas sólo pueden ejecutarse en el territorio de Estados Unidos. Por ahora. Podrían ser, sin embargo, el preludio de una escalada para devolverle el gobierno a las clases propietarias venezolanas, ansiosas por recuperar el poder de superexplotar a los trabajadores y campesinos. Como el desastroso antecedente de la Bahía de Cochinos o la debelación de los golpes de Estado contra el gobierno venezolano podrían repetirse si una fuerza armada de esa derecha recalcitrante se lanzase a otra tentativa, podrían estar pensando en una invasión directa de los marines. (¡Elemental, mi querido Watson!)

Acto tercero

Una intervención militar en frío no cae bien, ni siquiera en Estados Unidos. Hay que preparar a su opinión pública que se transmuta cada cierto tiempo en electorado. Pero no sólo allí. Hace falta hacerlo en Latinoamérica, donde hay opinión formada sobre la no injerencia de un Estado en los asuntos internos de otro, sobrepuesta a ciertas reglas de la Carta de la OEA favorables a Estados Unidos.

De hecho, las mayorías sociales de Latinoamérica rechazan la conducta de Estados Unidos con Venezuela, posición expuesta legalmente en las declaraciones de CELAC y UNASUR. La OEA, conducida ahora por el uruguayo Luis Almagro como Secretario General (excanciller del Presidente José Mujica, y electo por 33 votos y 1 abstención) no podría adoptar una decisión justificando alguna agresión de Estados Unidos a Venezuela.

Para los estrategas de la derecha golpista venezolana y sus auspiciadores de los Estados Unidos, el socavamiento del gobierno de su país, constitucionalmente elegido, es, en primer lugar, un asunto mediático. Tienen que insistir en este ámbito, moviendo sus piezas más importantes, entre las cuales cuentan con el marqués Mario Vargas Llosa. Es de suponer que su control haya llamado a este invernal escritor con instrucciones precisas. Un aspecto de su plan fue el Seminario del 26 y 27 de marzo en la Universidad de Lima, financiado por una Fundación Internacional por la Libertad. A veinte invitados especiales, furibundos enemigos de cuanto representa mejora y alegría para los trabajadores y sus familias, les pagaron todos los gastos de movilización, alojamiento y comida, sin descartar algún estipendio. Plata es lo que más tienen. Este seminario, al cual asistieron unos cuantos invitados nacionales que entraban y salían, transcurrió sin pena ni gloria en la opinión de las mayorías sociales. El engreído marqués —acostumbrado a que los políticos se le agachen— ha de estar renegando, y su control ha debido reprenderlo de manera desconsiderada.

No llama ya la atención que sus lambiscones, incluidos los mimetizados en la pretendida izquierda, compartan esa frustración. No han cesado de alabarlo y dedicarle páginas y páginas en los periódicos y revistas en los que pueden escribir, escudando su adhesión a él y a su posición política en sus loas sin freno ni justificación a su producción literaria.

Caída del telón.

(31/3/2015)

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