Por - Publicado el 15-02-2015

El Comercio está en decadencia. Se habrá expandido empresarialmente por aquí, habrá comprado otros productos periodísticos más exitosos que el suyo por allá, habrá hecho maniobras financieras por acullá, habrá transferido la dirección del diario a un autoerigido cenáculo de renacuajos que “no son de la familia” y se habrá diversificado como empresa. Pero igual está en decadencia.

No tiene la personalidad histórica del diario que otrora, dentro de su línea oligárquica, alguna visión de país tuvo, en aguerrida polémica con La Prensa de Pedro Beltrán. Por el contrario, ante la falta de propuesta de país, no le ha quedado otra cosa que aferrarse a la inercia del más de lo mismo, a los clichés de un grupo de jóvenes epígonos de Beltrán, malos paporreteros de Hayek y peores solfeadores de Friedman. Gente que nunca ha agregado valor a nada en su vida, abogados que saben alguna jerga de economía, pero que de periodismo no saben ni camote. Caporales de redacción, gamonales con botas, que han manejado con los pies una perfectamente soluble crisis interna. Pequeños jefes blancos que lo único que esperan de su personal es un sumiso “sí, bwana”. Además de alguna memorizada cita, su frase a favorita es decirles a sus trabajadores más productivos “aquí no me sirves de nada”. Señoritos de fortuna heredada, pero no aumentada, no tienen el más mínimo respeto ya no digamos por el ser humano, sino por el recurso humano. Están dilapidando lo que otros les dejaron.

Y en lo que se ve afuera, El Comercio lleva ya años practicando un periodismo de pésima calidad. Se ha convertido en el diario chicha de los de arriba, en el tabloide del talibanismo neoliberal, lobbista, represivo, pero sobre todo mediocre. Tiene presencia porque cuenta con una maquinaria consolidada, que sigue rodando. Su problema está en un timón que lo está llevando al despeñadero. El mejor carro no sirve cuando se lo maneja a lo Orión. Atropellará a varios en el camino, pero al final se estrellará.

Fue así que La Prensa acabó en el despeñadero. Carente de la visión de su fundador, con sucesores que vivían en su nube de dogmas, entre peleas internas, pésima calidad y manejos peores aún, el antiguo gigante periodístico se desplomó cual pesado dinosaurio que no tuvo sentido de existir en los nuevos tiempos.

A eso va El Comercio. Se ha diversificado hacia intereses no periodísticos, abandonando lo que sabía hacer para reducirlo a un mero instrumento de lobby a esos intereses. Eso no es periodismo; es avisaje mal disimulado. Tal vez les vaya bien en esos otros intereses y las rentas de las que viven le hagan durar el producto kioskero en que han convertido su diario. Pero igual apuntan a coronar su decisión de ser una mala imitación de La Prensa imitándola también en su desaparición.

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