Por - Publicado el 14-08-2012

Por Jorge Rendón Vásquez

A comienzos de 1540, cuando Francisco Pizarro retornaba del Altiplano al Cusco, encargó a su lugarteniente, Garcí Manuel de Carbajal, que fundará una ciudad española en el poblado de Arequipa, y él siguió viaje hacia aquélla ciudad. Arequipa existía ya desde varios siglos antes. En 1200, se asevera, fue objeto de una primera fundación oficial por el inca Maita Cápac, quien se prendó de su hermoso paisaje, dominado por tres imponentes volcanes coronados de nieves eternas bajo un esplendoroso cielo azul. A sus súbditos que decidieron quedarse allí les dijo: Are quepay, expresión en runasimi, la lengua del Tahuantinsuyo, que se traduce como ¡Sí, quedaos!, de donde viene el nombre de esta ciudad. Los historiadores arequipeños no han llegado aún a determinar el día de esa fundación.

Garcí Manuel de Carbajal volvió a fundar Arequipa el 15 de agosto de 1540, donde se erigió luego el barrio de San Lázaro, posiblemente en la placita de Campo Redondo.

Pizarro no decidió esta fundación porque los arequipeños, que ya existían, indios todos ellos, se lo pidieran, sino en atención a las súplicas de un grupo de españoles radicados en el valle de Camaná, de clima entonces malsano y colmado de nubes de mosquitos. Además, él estaba interesado en fundar el mayor número posible de ciudades para cumplir con la orden del Consejo de Indias y del Rey de Castilla y, por propia conveniencia, para probar con tales actos posesorios que estaba ocupando el vasto territorio del Tahuantinsuyo y alejar a otros conquistadores y mercenarios que podían disputárselo. Esas fundaciones sólo se acreditaban con las actas labradas por los escribanos reales que acompañaban a los conquistadores como sus sombras. La fundación de Arequipa tuvo también su acta, pomposa como todos los documentos notariales exigidos por los abogados a cargo del Consejo de Indias, que a la sazón, funcionaba en Toledo.

Si se tratara de establecer cuál de estas dos fundaciones es prioritaria, tendría que elegirse la de Maita Cápac, por ser la primera y por haber sido obra de un inca, de alcurnia semejante a la del rey de Castilla, en tanto que Francisco Pizarro era sólo un contratista habilitado para conquistar el Perú, y Garcí Manuel de Carbajal, uno de sus jefes de segundo orden. Pero se ha impuesto como fundación oficial la segunda, porque los conquistadores se enseñorearon sobre la civilización de los incas —y de qué modo— y porque Arequipa fue desde ese momento una ciudad de españoles peninsulares y nacidos en América, obedientes a la corona española que, por esta razón, le dio el título de muy noble y leal y de fidelísima.

Según el censo de 1790, Arequipa contaba con 37,241 habitantes, distribuidos en las castas siguientes: españoles peninsulares y criollos, 22,207; mestizos, 4,980; indios, 5,929; y negros, mulatos y zambos, casi todos esclavos, 4,125.

A Arequipa se le llama la Blanca Ciudad, según algunos, por el color blanco del sillar empleado como material de construcción de las casas; y, según otros, por la casta blanca que ha detentado el poder económico y político desde la fundación española y ha impuesto su tradición cultural, hipótesis que parecería cierta.

Esta tradición de férrea altanería feudal en la mayor parte de familias blancas de la ciudad se desborda como desembozado racismo, tiesura y alergia a la ternura, como ya lo habían visto Flora Tristán en el siglo diecinueve y Alberto Hidalgo en la primera mitad del veinte. Está siendo quebrantada, sin embargo, por la afluencia de indios y mestizos. Una primera oleada migratoria de este carácter provino de las provincias andinas del departamento, en la primera mitad del siglo veinte; una segunda llegó de los departamentos de Puno, Cusco, Moquegua y Ayacucho, y continúa. En Arequipa, por lo tanto, ha dejado de prevalecer la raza blanca. Hoy la mayor parte de su población es india y mestiza, vive sobre todo en las urbanizaciones nuevas que rodean el antiguo cercado, edificadas en los cerros eriazos y en terrenos que fueron antes chacras, y se reparte en todos los niveles de las ocupaciones urbanas. Siguiendo una tendencia de alcance nacional, en las profesiones liberales predominan los mestizos. El núcleo de población blanca, enraizado desde la conquista española en la propiedad de la tierra agrícola y pecuaria, en los valles de Arequipa y en Puno y Cusco, fue desplazado de ella por la Reforma Agraria de 1969. Hoy se mantiene atrincherado en el dominio de las grandes empresas y en fundos de mediana extensión que ha logrado conservar, reforzado por uniones matrimoniales con una pequeña inmigración blanca masculina, llegada del extranjero para buscarse la vida trabajando.

Como un efecto del cambio de la composición social de Arequipa, se va creando una cultura popular y mestiza con valores distintos de los cultivados antaño por el núcleo de población blanca.

La tradición levantisca, libertaria o revolucionaria, presta a eclosionar según la ideología y el talante de sus protagonistas y el alcance y la imprudencia de la provocación, viene del siglo diecinueve y se ha ido afirmando en el pasado. La revuelta de junio de 1950 contra el general golpista Odría, que había decidido hacerse presidente constitucional de la República en elecciones en las que anuló a las listas contendoras, vigorizó esta tradición. No fue ese, sin embargo, un movimiento de signo e intenciones unívocas. Estalló como una huelga de los estudiantes del Colegio de la Independencia, organizada por grupos clandestinos de estudiantes comunistas, católicos y apristas. La represión policial, que causó la muerte de varios estudiantes y trabajadores, indignó al pueblo, constituido en su mayoría por los habitantes de los vecindarios pobres y de las barriadas populares. A esta huelga se sumaron los estudiantes universitarios de las mismas tendencias políticas; y la Federación Departamental de Trabajadores, de orientación comunista, que declaró la huelga general indefinida. La resistencia armada subsiguiente fue asumida por militantes apristas, comunistas y pobladores sin partido. Los dirigentes de la pequeña minoría blanca, que se habían organizado en el movimiento político adversario de Odría, descalificado para las elecciones, se sumaron con cierta reticencia a la acción popular, mostrándose en algunos mítines con estudiado cálculo, pero no hay evidencias de que ellos o sus huestes hayan tomado las armas o participado levantando las barricadas, aunque osaran luego mostrarse como los artífices de este movimiento popular.

Arequipa y su paisaje son indiscutiblemente hermosos. Sus chacras, orladas de sauces, molles y álamos, sobrevivientes de la voracidad urbanística, su cielo de un azul tan denso que se eleva hasta las alturas de la ensoñación, sus antiguas casas solariegas de sillar donde vivían en otros tiempos los encomenderos, su río de murmullos misteriosos siguen adornándola de cierta nostalgia bucólica e inspirando a sus poetas y acuarelistas que se renuevan sin cesar. La música popular de Arequipa le debe mucho a Benigno Ballón Farfán, incluido el primer himno de Arequipa. (“Canto a tu gloria, Arequipa lírica y audaz … ”). De su zarzuela Ccala, calzón sin forro (Ccala es la denominación popular del blanco), una de las pocas compuestas en el Perú, es la tonada “La Benita”: “Hoy es el gran día, día de mi hermana, y hay que festejarlo con todita el alma”, verso que he tomado en préstamo para el título de este comento.

Pasé mi infancia y mi juventud en Arequipa, en la Calle Nueva, abierta en el siglo diecisiete con ese nombre por ser entonces novísima. Para los vástagos de las familias de ese vecindario de obreros, artesanos, empleados, maestros, policías y pequeños comerciantes, que alquilaban las habitaciones abovedadas de las vestustas casas, nuestro centro de operaciones era la misma calle que nos albergaba con afecto. Mi primer libro de cuentos, “La Calle Nueva”, contiene relatos inspirados en las andanzas de personajes que vivieron en esa calle y en la calle San Camilo, que la cruza y va a dar al Mercado, el complemento inevitable de nuestro habitat.

Esos primeros veinte años de mi vida recibieron la impronta de las costumbres, la tradición, la cultura y el dejo arequipeños que me marcaron para siempre. De vez en cuando retorno a ese lar primigenio y sus pensiles, y me fundo en seguida con la gente, el ambiente y el paisaje, como si nunca me hubiera apartado de ellos, aunque algunos arequipeños, de nacimiento y por residencia, se asombren de mi ostencible alegría y de mi rumbo iconoclasta.

Hay, pues, un sentimiento de apego a esta ciudad que podría llamarse arequipeñidad, como en otras latitudes y longitudes florecen sentimientos locales similares. El poeta César A. Rodríguez, huraño y exasperado —me imagino— por alguna gestión ante el gobierno central que no avanzaba, escribió en el silencio de su oficina de Director de la Biblioteca pública, un poema desafiante en el que decía: “Aquí, respirando ancestro, se forjó mi loco empeño: /yo no he nacido peruano; yo he nacido arequipeño.” (Canto a Arequipa, 1924),  Une boutade, dirían los franceses. Y de allí se pasó con facilidad a locuritas como las del “pasaporte arequipeño” y las monedas de plástico dorado, grabadas con la expresión “Characato de Oro”. El inspirado comerciante que dio a luz semejantes criaturas creyó haberlas concebido estrujando su magín para dar en la yema del gusto de los regionalistas a ultranza, vacíos de reflexión. Un gran geógrafo peruano, que tenía por qué saberlo, me dijo que ideas como esas se gestaban en alguna oficina de “inteligencia” del vecino país del sur y se deslizaban como bromas y chistes sobre los arequipeños, en apariencia inocentes, destinados a instilar en la conciencia colectiva de este departamento una insinuación separatista.

(15/8/2012)

-

Enlaces a este artículo

Comentarios a este artículo

  1. Gran Combo Club dijo:

    GCC: Hoy es el gran día, día de Arequipa, pero ¿cuál? Por Jorge Rendón Vásquez http://t.co/ERUYphco

  2. AveCrítica.com dijo:

    GranComboClub – Hoy es el gran día, día de Arequipa, pero ¿cuál? http://t.co/tJwqHxJ7

Comparte tu opinión respecto al tema tratado.

Importante: Existe moderación de comentarios. Si no te identificas con tu nombre y apellido, posiblemente no se publique tu comentario. Referirte al tema del post, identificarte y evitar ataques personales o lenguaje ofensivo aumentarán las probabilidades de publicación de tu comentario.