Cada guerra es una destrucción del espíritu humano.
Henry Miller
Corrían los primeros años de los noventas. Habíamos visto pasar las masacres de Lucanamarca y también El Frontón. Habíamos sufrido el “salinazo” de 1988, soportado la hiperinflación del los últimos años de aquel primer gobierno de Alan García, y sobrevivido al surrealista fujishock de Hurtado Miller.
Y por si fuera poco, la ofensiva senderista se había extendido a Lima. No se trataba de tener o no tener electricidad o agua. Se trataba de que cualquiera podía regresar a su casa en ataúd. De hecho, muchos nunca regresaron. Sólo en 1991 hubo como 900 atentados en Lima, que dejaron más de 400 muertos. Un muerto (y algo más) por cada día de aquel año.
Hacía apenas dos años que Barbara D’Achille (a quien conocía de cuando trabajamos en la misma sección de “El Comercio”) había sido brutalmente asesinada en Pampa Galeras. Este mayo serán 20 años ya. Recuerdo el shock que me causó enterarme de su muerte, pues ella no era una simple enamorada de los paisajes, sino que estaba interesada en impulsar la mejora en la vida de las comunidades educándolas en la conservación de sus recursos ecológicos, en lo que ahora llaman el desarrollo sustentable.
De hecho, si Barbara aún estuviera entre nosotros, no dudo de que estaría haciendo campaña por una más eficaz legislación en materia ambiental. Aunque ya estuviera entrada en años. Era una persona muy simpática, sí, pero también sabía tener un carácter muy fuerte. Tal vez fue eso lo que le costó la saña con que fue muerta.
Fue el mismo odio demostrado posteriormente contra María Elena Moyano. Imagino la rabia que deben haber sentido sus asesinos cuando vieron la multitud que se congregó para su funeral, que la llevó cantando hasta el cementerio. ¿Cuántos estuvimos allí? Algunos dicen que “apenas” 15.000 personas, otras hablan de 300.000. Yo sólo sé que aquella tarde Villa el Salvador estaba repleta.
Cada vida cortada se llevó consigo muchas cosas y proyectos que no pudieron ser realizados. Ese es el tipo de pérdidas irreparables que el terrorismo nos infligió como ciudadanos, como nación, como país. Yendo más allá de las no menos terribles -pero impersonales- cifras que nos dan los registros estadísticos, la violencia se llevó a muchísima gente valiosa que podría estar hoy acá trabajando, ayudando a construir un país distinto, que funcione para todos. Un país sin tantos faenones, quizás.


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17-01-2010 - 21:43
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17-01-2010 16:56
Esta crónica fue publicada originalmente en el blog “Palabras van y vienen”, en febrero del 2009:
http://palabrasvanyvienen.wordpress.com/2009/02/19/una-epoca-no-tan-lejana/
Se publica con permiso de su autora, sin más cambios que la omisión del prólogo -un poco circunstancial- y algunas correcciones puntuales.
Gracias, María Isabel.
18-01-2010 15:57
Merece un análisis el impacto diferenciado del terrorismo en la opinión pública durante los años del conflicto. En Arequipa se vio como algo muy lejano, el sobrecogimiento venia por si algun familiar en Puno, la selva, Ayacucho o Lima era víctima del terrorismo. En AQP no se vivió prácticamente el terror, se lo vio de lejos a través de Panorama y de los reportajes de Alejandro Guerrero, en Contrapunto con Luis Iberico y por medio de otros programas de canales que iban llegando poco a poco a provincia.
Posiblemente, tuvo mucho que ver que Abimael tenga familia allí.
Sin embargo, ello no debe ser obstáculo para condolerse por el sufrimiento ajeno. Ya bastante indiferencia impera actualmente.
19-01-2010 17:04
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